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Artes Plásticas
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ESCULTURA E IMAGINERÍA RELIGIOSA |
El estudio de las imágenes de bulto redondo que decoran o decoraban los
interiores de la parroquia o ermitas de Valencia de las Torres, se presenta
ambicioso, si tenemos en cuenta el amplio contexto cronológico, la destrucción
de buena parte de las obras fruto de los incendios, el paso del tiempo y las
diferentes modas imperantes que dieron lugar a que muchas vírgenes y santos
fuesen retirados de sus altares originales por encontrarse en un estado
inadecuado para su culto y correcta devoción. Muchas representaciones estaban
vestidas, en la mayoría de los casos, de modo vulgar e impropio, siendo
sustituidas por otras barrocas, doradas y policromadas, más acordes con el nuevo
espíritu religioso derivado de las disposiciones del Concilio de Trento.
Analizar la trayectoria de esta imaginería resulta complejo, por todo lo ex-
puesto anteriormente y por la ausencia de información documental necesaria. A
parte de las escasas noticias ofrecidas por los Libros de Visitas Santiaguistas
que ilustran y describen los interiores de las ermitas adscritas al territorio
para su conservación y mantenimiento desde el siglo XIV: Los libros de Cuentas
de Fábrica de iglesias, resultan igualmente interesantes, mencionándose, en
contadas ocasiones, el nombre de los escultores y entalladores que ejecutaron
los encargos contratados por cofradías, hermandades y fieles devotos.
La mayoría de las obras locales están realizadas en madera, preferentemente de
pino, sobre la madera base se aplicaba una capa de estuco blanco y una atractiva
policromía acorde con la iconografía de la representación, además de suntuosos
estofados dorados que reproducían tejidos.
Los tamaños de éstas son variados, algunos llegan a imitar el natural, siendo la
gran mayoría, de reducidas proporciones. Nos resultan bastante desconocidos los
nombres de sus escultores, entalladores y pintores o doradores, pues coinciden
con artífices de segunda fila, de escasa formación técnica y dedicados,
mayoritariamente, a la copia o imitación de grandes obras de maestros de
Llerena, Córdoba, Zafra o Sevilla.
La costumbre de vestir a las imágenes fue introducida a finales del siglo XV o
durante las primeras décadas del XVI, con la finalidad de ocultar el deterioro y
envejecimiento de éstas. El destino de las obras era diverso, unas se
incineraron y otras se enterraron en el subsuelo del templo. Muchas se
subastaron entre los vecinos del pueblo, para con el dinero obtenido comprar
otra titular nueva.
En 1563, según el decreto del 3 de diciembre del Concilio de Trento, se prohibió
vestirlas. El Concilio Tridentino fue creado con la finalidad de reafirmar el
culto y devoción hacia las imágenes, perdido décadas atrás, consolidando un
nuevo concepto de fe en toda la Cristiandad.
Los ejemplos de los siglos XV y XVI han desaparecido. A estos arcaicos ejemplos
los sustituyeron otros posteriores, barrocos, muchos de ellos, y "de vestir" o
también llamados "de maniquí", caracterizados por un gran realismo y emotividad
ejercida sobre el fiel. Las representaciones marianas y los crucificados,
creados bajo estética barroca, poseen rasgos que los acercan a la realidad
humana: ojos de cristal, uñas de porcelana, pelucas, etc.
Del siglo XV eran las obras que representaban a San Sebastián - procedente de la
primitiva ermita de los santos Mártires, San Fabián y San Sebastián- y la de San
Andrés, vestido y quemado durante el último tercio del siglo XVI por encontrarse
"muy feo y estropeado", poco piadoso. En esta localidad se dio el caso de vestir
a un santo y con las prendas, ocultar los elementos esenciales de su
iconografía, dificultando su reconocimiento. Esto ocurrió con un efigie de San
Sebastián que perdió sus flechas clavadas, ordenándosele al entallador encargado
lo siguiente: "... que en los agujeros sonde solia aver saetas, se las torne a
poner de madera de xara, aumentando su numero y por que tiene pocas, de nuevo le
hagan en donde le pongan mas saetas de las que tiene".
La estética del siglo XVI está caracterizada por la presencia de rasgos de los
últimos momentos del Gótico. Se mantiene el fuerte mecenazgo eclesiástico y los
temas religiosos. La abrumante presencia del gótico final se verá reforzada por
la llegada, a nuestro suelo, de artistas flamencos que desarrollaron su labor
por buena parte de la provincia. Otras influencias artísticas llegaron por el
oeste, desde Portugal y por el norte, a través de la ganadería trashumante de la
Mesta.
Cuatro fueron los grandes centros artísticos y culturales: Badajoz, Mérida,
Zafra y Llerena. El último, experimentó un resurgimiento cultural, haciendo que
este Provisorato se cite como la "Atenas cultural extremeña". Hasta aquí
llegaron grandes artistas sevillanos que contribuyeron a la introducción tardía
y paulatina de los nuevos "modos" renacentistas. Igual de brillante resultó la
presencia de escultores y entalladores cordobeses.
Resulta desconocida la talla original de Nuestra Señora del Rosario, en la
parroquial de esta misma localidad, abandonada por otra contemporánea que
analizaremos posteriormente. La primitiva fue realizada por Juan de Valencia
entre los años 1587 y 1588. Carmelo SoIís especifica que el mayordomo encargado
de su cofradía, una vez labrada, la entregó al pintor Pedro de Torres para que
la dorase con 500 panes de oro.
Los primeros años del siglo XVII fueron una continuación estética del periodo
anterior, del bajo renacimiento, manteniéndose los mismos focos y centros
artísticos. No será tan intensa la producción escultórica, debido a que la mayor
parte de 10s templos erigidos durante el siglo precedente se encontraron
suficientemente decorados con el mobiliario eclesiástico y litúrgico necesario.
A pesar de ello, resultarán numerosos los encargos relacionados con retablos e
imaginería barroca de carácter procesional, mucha de ella "de maniquí" o "de
vestir".
Poco a poco fueron penetrando los elementos protobarrocos, haciendo que en el
Provisorato llerenense resurgieran, de forma esporádica, encargos relaciona- dos
con las fundaciones y legados de Indias, iniciados a finales del siglo anterior.
La producción escultórica fue abundante, pero sufrió una fuerte pérdida y
destrucción, siendo retornada a mediados de nuestro siglo, de ahí la frecuencia
de encontrar imágenes recientes que imitan o copian literalmente a otras
desaparecidas de estética barroca.
De la producción escultórica religiosa local de los siglos XVII y XVIII, debemos
incluir dos piezas interesantes, custodiadas en el tesoro parroquial: un San
Francisco con hábito y las heridas causadas por sus estigmas, salida del taller
o escuela de algún escultor destacado y un Cristo yacente y ensangrentado,
tallado en madera, que sirve de sagrario a los actos litúrgicos de la Semana
Santa, pues su costado se abre a través de una curiosa puertecilla.
Caracterizado por el dolor, pasión y fuerza de las manifestaciones barrocas de
esta fructífera época.
Durante los siglos XIX y XX la imaginaría no registra alteraciones
significativas con respecto a la estética barroca de los siglos anteriores, a no
ser por la introducción de una novedosa técnica, nos referimos al vaciado de
escarola que permite la reproducción seriada de las imágenes, concediéndoles un
acabado perfecto y un detallismo más puntual. A la facilidad de ejecución hay
que añadir el abaratamiento del proceso. Junto a estas obras realizadas con
moldes discurre paralela la otra corriente que prosigue con la talla en madera
de imágenes para vestir o «de maniquí», en las que se labran las partes
visibles: rostro, pectoral, manos, pies, etc. Por lo demás, no presentarán
cambios significativos en la estética, sustituyendo a imágenes desaparecidas
tiempo atrás.
En la parroquial podremos contemplar a un Cristo con la Cruz a cuestas. Muy
lejos estamos ya de la imaginaria renacentista y barroca caracterizada por la
riqueza y calidad de las técnicas de estofado, encarnado y dorado, orientadas a
impactar en el fiel y conducirlo, a través del realismo más duro, a la devoción
y a la religiosidad.
Hasta aquí, relativo a imaginaria en escarola, pero en la introducción de este
apartado también hicimos mención a otras obras eclesiásticas "de vestir". De
este modo encontraremos, como ejemplos más trascendentales: Nuestra Señora de
los Dolores, en la iglesia mayor de esta localidad, muy reproducida durante todo
el barroco, fruto de la necesidad de sacarla el Jueves Santo como acompañante
del Santo Entierro y Nuestra Señora del Rosario, que hace las veces de otra
barroca destrozada. Narran sus vecinos como una mujer con su hija enferma de
muerte, se encomendó a ésta, rogando y pidiendo por la curación de su
descendiente. Se produjo el acto milagroso de la sanación y en actitud de
agradecimiento la hija donó el pelo de su madre fallecida para que le hicieran
una peluca a este virgen.
La advocación mariana del Rosario va a ser frecuente en buena parte de la
comarca: Malcocinado, Campillo de Llerena, Valencia de las Torres, Villagarcía
de la Torre, etc.
Otra realidad son los crucificados tapados con un amplio faldón que llega hasta
las rodillas, resultado del acercamiento y mimo de los vecinos del lugar hacia
sus imágenes de mayor afecto. Esto mismo sucede en Valencia de las Torres , con
el Cristo de la Viga, de traza clásica y pese a sus defectos y desproporciones
destaca por su gran estilización.
Se da el caso que en fachadas exteriores de parroquias, ermitas y casas nobles,
se depositen imágenes populares que versionan otras de mayor calidad, encerradas
en el interior de los templos; una clara respuesta del deseo de acercamiento del
pueblo al santo en cuestión. En Valencia de las Torres, un pequeño Cristo es
copia del monumental Cristo parroquial de la Viga. - Calle de la Fuente -. Este
Cristo de la Viga preside las fiestas locales de la localidad, narran los
paisanos como recibió, de forma anecdótica, el apelativo "de la Viga" mientras
era trasladado hacia otra villa próxima, el carro que lo transportaba perdió una
rueda debiendo utilizar una viga para su acarreo, pero ni con esa técnica pudo
realizarse el traslado, debido al gran peso y cimbra de la monumental talla.
El término retablo procede del vocablo latino retro-tablum o tabla que se coloca
detrás. El origen de éste se encuentra en la primitiva decoración de los altares
de las modestas ermitas rurales de los siglos XV y XVI. Conocemos como en un
primer momento se recurrió a decorar los frentes de estos altares de forma tosca
a través de imágenes pintadas, "de pincel", con la advocación del titular del
templo. Junto a ella fueron depositados multitud de utensilios y ornamentos
destinados a su embellecimiento y a mantener el culto: manteles, frontales de
guadamecí o lienzo blanco, palios, cortinas, lámparas, facístoles, floreros,
jarrones, cruces, candeleros, manteles, etc., que muchas veces contribuyeron a
obstaculizar la celebración de los actos litúrgicos.
Con posterioridad, y debido al excesivo acopio de ornamentos, se decidió pintar
la efigie del titular sobre una tabla colocada delante del altar, recibiendo el
nombre de frontal o antependium. Cuando los sacerdotes iniciaron la celebración
de la misa de espaldas al público - siguiendo normativas eclesiásticas fue
necesario asentarla detrás del mismo, pues de este modo podía ser contemplada
por todos los fieles. Las tablas crecieron progresivamente hasta que al final de
la Edad Media se transformaron en grandes muebles realizados con materiales muy
variados: alabastro, madera, mármol, etc. Será durante el Renacimiento y el
Barroco cuan- do esta pieza juegue un papel decisivo en la decoración de los
interiores de parroquias y ermitas. Se le aplicaron complejos procesos de
policromía y dorado que dieron lugar a resplandecientes y bellas superficies,
alejadas de los modestos ejemplos desarrollados durante los inicios de esta
línea evolutiva. Comenzaron a provocar un. marcado .ilusionismo y teatralidad en
estos interiores, situación que se.. reforzará en el periodo barroco debido a la
esencia intrínseca de este estIlo.
La producción retablística del siglo XV es nula, en el sentido de haber
desaparecido, dando lugar a que estas humildes piezas fueran retiradas de sus
capillas por encontrarse en mal estado y con un deterioro generalizado. Sólo
podemos hacer referencia a uno modesto que decoraba el altar mayor de la ermita
de los Santos Mártires.
Las obras creadas durante estos años de finales del siglo XV y comienzos del
siglo XVI, participaron de la estética gótica y medieval: gablete s, hornacinas
de arcos ojivales o apuntados, tracería, pináculos, doseles, etc. Acompañados
con imágenes "de vestir" o de paneles pictóricos sobre sus tablas, dedicados a
representaciones marianas o de santos. Estos retablos gozaron de gran amplitud,
pues cubrían toda la cabecera delante de la que se disponían, a través de una
estructura tripartita o triptico. Las dilatadas dimensiones venían determinadas
por la necesidad de desplegar un extenso programa iconográfico variado que
adoctrinase al fiel en la verdad y en la fe del Catolicismo. Son mixtos, de
pincel y talla, organizados mediante cuerpos horizontales y calles verticales,
bien marcadas.
Según avanza el siglo XVI, se intensifica la labor de afamados escultores y
entalladores, dedicados a montar solemnes retablos que completaban el mobiliario
litúrgico. Hasta Llerena llegaron artistas consagrados con diferentes
procedencias: Bautista Vázquez "el Viejo" y Juan de Valencia, desde Sevilla,
Martín de Holanda, Hans y Estacio de Bruselas, desde Flandes, etc. Los últimos
fueron los encargados de introducir los nuevos modos "renacientes" o
renacentistas del retablo " a lo romano", despojando a nuestros artistas de los
resabios de estética medieval. Esta es la explicación de encontrar múltiples
rasgos hispano flamencos en este tipo de manifestaciones.
Durante la segunda mitad del siglo XVI se desarrolla otro tipo de retablo, nos
referimos al plateresco, con unas características propias que los identifican
perfectamente: predominio de la escultura, rasgos más concretos y evolucionados,
esquema compositivo a base de casillas de distinto tamaño, balaustres y
pilastras, como elementos sustentantes que se verán sustituidos por columnas
retalladas, decoración "a cadelieri" con cabezas de angelotes, frutas,
calaveras, centauros y seres mitológicos de carácter profano, así como otros
motivos ornamentales extraídos del fantástico y monstruoso mundo del grutesco.
La disposición más frecuente era la rectangular, aunque no faltó la estructura
escalonada. Sobre la iconografía, no hay nada del todo dicho, la solución más
frecuente fue la de disponer en el banco a los Evangelistas y Doctores de la
Iglesia, sobre este piso, varios cuerpos con escenas historiadas del Nuevo
Testamento, y en el ático el Calvario, acompañado de ángeles, arcángeles y
representaciones heráldicas de familias pudientes. La calle central acogía temas
marianos, imagen de la titular, mientras que las laterales se completaban con
pinturas, relieves o efigies de bulto con los distintos Apóstoles.
De inspiración plateresca era el que, siglos atrás, presidía el altar mayor de
la parroquial Valencia de las Torres. Labrado, según información de los alumnos
del taller de Estacio de Bruselas, entre 1545 y 1548. Esta fue la época más
fructífera y de mayores encargos en todo el Provisorato llerenense. Estaba
dorado y contaba con diez-doce paneles pictóricos, "fecho a lo romano".
Suponemos que contaba con grandes proporciones: "...de tres ochavos, labrado a
lo moderno, la talla y pintura en el ochavo que está a la parte del santísimo y
el ochavo que está hacia la puerta del mediodía, fecho a lo rromano .,. ", Debió
ser monumental, ya que ocupaba toda la cabecera del templo. Llamaría la atención
la mezcla homogénea de la estética medieval, de sabor tardo gótico y los nuevos
aires renacientes o platerescos, " a lo romano", que penetraron y arraigaron en
nuestro suelo durante la primera mitad del siglo XVI.
Los retablos conservados en la parroquial de esta localidad son modestos
ejemplos de obras contemporáneas de escaso valor artístico y plástico, pues ya
mencionamos al inicio de este estudio que la mayoría del mobiliario eclesiástico
pereció durante la Guerra Civil del 36.